Escalada al monte, otra vez. La fe en la sencillez de verdades que son complejas. El advenimiento de los suspiros, los gemidos, en las camas de los tipos que mintieron por verme reír, que dijeron la verdad por verme crecer, que escaparon de mi mirada de fuego por verme llorar.
No. Cascarrabias son los soles que apuntan fiestas de lino y sal sobre la mesa. En el recodo del camino veo un rostro fiel, la presencia de los que me animan a levantar la pera de contra el pecho. Pero...
¿Juego a favor de qué premisas? ¿Qué es lo que quiero entender? ¿Cuánto tiempo más se vive a razón de aguante? Trabajo a destajo.
Contemplo la posibilidad y me arremete el rayo de luz, fuerte y claro, dejando de espina bífida mi sensación, mi voluntad, mi puerto de aguas profundas. Por eso los codos, por eso los recodos, por eso la entrepierna sudando donde las ventanas jamás se abren. Por eso gritaste mi nombre cuando te estrujé la última gota de razón, y el delirio suave, cálido, estremecedor, te tocó en las sienes y te destapó el llanto blanco.
28.10.12
22.7.12
Las necesidades.
Mastico ahora el bolo alimenticio. Trago. Trago. Agua.
Las sé. Las conozco. En el intento y en el encuentro, puedo enumerar cada cascada de miel que mi lengua siente correr garganta abajo, pero que no corre. En realidad, yo estaba sentada en el ómnibus, rumbo al este, y el recuerdo del recuerdo de la miel me inyectaba morfina en en el cerebro.
No, gato negro (hermoso gato negro). No te necesito. Discernir sé y por discernir losé. No hay nada en mí que te necesite sinceramente. Lo que pasa es que la necesidad sincera es rara, compleja, y en estos tiempos no abunda. Abunda el ego puro, la satisfacción glotona, la ilusión, el holograma de la vida ideal que no es. Abunda el gusto de tu saliva después de pseudodormir, el olor a jabón de tus alas. Pero no.
Hay un punto en que el alma ruge desde adentro de este tanque de carne y hueso. Ruge, verdadera e impostergable, anunciando que todo este circo no es de ella. No son de ella los mensajes, los pensamientos interminables, las almohadas simulando espaldas, no. Por eso, gato negro, no sos de ella. Por eso, gato negro, lo tuyo es glucosa para el organismo. Nada más. El ser sabe que no.
Cuelga viva la herida sangrante de mi frente contra tu antebrazo. Cuelga viva la certeza incandescente de que miré hacia la pared a mi izquierda (del mismo lado del reloj) y mi alma supo mucho antes que yo que era hora de irse.
Yo aún no lo sé. Te lo digo, te lo estoy diciendo, pero aún no me di cuenta. Por eso repito los pasos y anuncio que llegué. Pero es hora de irse, gato negro. Tu glucosa me inunda la sangre, espesa y fría, y empiezo a sentir diabetes.
Mastico ahora el bolo alimenticio. Trago. Trago. Agua.
Las sé. Las conozco. En el intento y en el encuentro, puedo enumerar cada cascada de miel que mi lengua siente correr garganta abajo, pero que no corre. En realidad, yo estaba sentada en el ómnibus, rumbo al este, y el recuerdo del recuerdo de la miel me inyectaba morfina en en el cerebro.
No, gato negro (hermoso gato negro). No te necesito. Discernir sé y por discernir losé. No hay nada en mí que te necesite sinceramente. Lo que pasa es que la necesidad sincera es rara, compleja, y en estos tiempos no abunda. Abunda el ego puro, la satisfacción glotona, la ilusión, el holograma de la vida ideal que no es. Abunda el gusto de tu saliva después de pseudodormir, el olor a jabón de tus alas. Pero no.
Hay un punto en que el alma ruge desde adentro de este tanque de carne y hueso. Ruge, verdadera e impostergable, anunciando que todo este circo no es de ella. No son de ella los mensajes, los pensamientos interminables, las almohadas simulando espaldas, no. Por eso, gato negro, no sos de ella. Por eso, gato negro, lo tuyo es glucosa para el organismo. Nada más. El ser sabe que no.
Cuelga viva la herida sangrante de mi frente contra tu antebrazo. Cuelga viva la certeza incandescente de que miré hacia la pared a mi izquierda (del mismo lado del reloj) y mi alma supo mucho antes que yo que era hora de irse.
Yo aún no lo sé. Te lo digo, te lo estoy diciendo, pero aún no me di cuenta. Por eso repito los pasos y anuncio que llegué. Pero es hora de irse, gato negro. Tu glucosa me inunda la sangre, espesa y fría, y empiezo a sentir diabetes.
10.5.12
Y me contó un pajarito de tu llanto de medialuna goteando en mi camisa a cuadros. ¡Qué tiempos, gorrión!
La vela aún duraba prendida en la mesa ratona, el aroma de la vainilla estaba colgado de la cortina naranja y vos, esa paz de medianoche, descolgabas sueños en trocitos de palabras que ataste con hilos claros.
Lo más preciado es que existas. Sonreí a través de la ventana siempre. Ya entendí que todo lo demás es superfluo. Puedo vivir sin el té con limón y quizá incluso sin tu bicileta azul. Pero la sonrisa no la retires de este planeta, ni aunque los astrso giren en torno a tu cabeza y... ¡mareo!
La semilla cae en tierra negra y te abrazo con el mayor amor que saben dejar pasar mis poros. Porque de todos los universos que visité, en este encontré la cara clara, transparente, de la verdad dicha con el dolor en los colmillos y la ternura cagada a palo en las manos. Todo el resto, esa cosa incomprensible de no coincidir, es circunstancia.
Fundamental es el núcleo de tu alma. El núcleo brillante, pez volador, brillante y prendido fuego, de tu hermosa alma.
La vela aún duraba prendida en la mesa ratona, el aroma de la vainilla estaba colgado de la cortina naranja y vos, esa paz de medianoche, descolgabas sueños en trocitos de palabras que ataste con hilos claros.
Lo más preciado es que existas. Sonreí a través de la ventana siempre. Ya entendí que todo lo demás es superfluo. Puedo vivir sin el té con limón y quizá incluso sin tu bicileta azul. Pero la sonrisa no la retires de este planeta, ni aunque los astrso giren en torno a tu cabeza y... ¡mareo!
La semilla cae en tierra negra y te abrazo con el mayor amor que saben dejar pasar mis poros. Porque de todos los universos que visité, en este encontré la cara clara, transparente, de la verdad dicha con el dolor en los colmillos y la ternura cagada a palo en las manos. Todo el resto, esa cosa incomprensible de no coincidir, es circunstancia.
Fundamental es el núcleo de tu alma. El núcleo brillante, pez volador, brillante y prendido fuego, de tu hermosa alma.
5.4.12
Subidón. Al eje del tiempo, del espacio, de crecervivir, de lo que no sé.
El olor del cofre me perturba profundamente y no lo puedo abrir. Me molesta mucho. Siento que pierdo en mi propio territorio, que debería saber, que puedo ir más allá. Pero sé que ella se parece a la mina que acabo de ver desnuda, y eso me molesta. Me molesta que no tenemos ni medio pelo en común. Y que me desconoce, y que hace todo lo que yo no sé hacer, y que su perfume es ese porque no supo nunca que le queda mal.
Yo no digo que le salvé la vida. Yo digo que me metí en su vida, y ahora me envuelve un halo ajeno de la tormenta que la está mojando a ella.
Pero el cofre se abrió mientras sudábamos en la cama. Dejó el olor al costado de la almohada. Las manos húmedas se aferraron a las sábanas con figuras geométricas, la saliva se colectó entre tu encía y el labio inferior, y después del orgasmo lloré, lloramos. En el final del cono de tus pupilas de formó la duda, el horror, y se proyectó hacia adelante y me mojó las mejillas. Perdón, susurré. Pero no.
A veces las imágenes son los hilos que mueven los párpados y abren los conductos lacrimales. Y tu pecho, tu pecho alto, se agitó y retumbó movido por los latidos. El diafragma, la fe que se te rompió como un cristal. La pared.
Mejor vestite, corazón. No demores más. Prendé la luz para ver mejor y cerrá el cofre antes de irte.
El olor del cofre me perturba profundamente y no lo puedo abrir. Me molesta mucho. Siento que pierdo en mi propio territorio, que debería saber, que puedo ir más allá. Pero sé que ella se parece a la mina que acabo de ver desnuda, y eso me molesta. Me molesta que no tenemos ni medio pelo en común. Y que me desconoce, y que hace todo lo que yo no sé hacer, y que su perfume es ese porque no supo nunca que le queda mal.
Yo no digo que le salvé la vida. Yo digo que me metí en su vida, y ahora me envuelve un halo ajeno de la tormenta que la está mojando a ella.
Pero el cofre se abrió mientras sudábamos en la cama. Dejó el olor al costado de la almohada. Las manos húmedas se aferraron a las sábanas con figuras geométricas, la saliva se colectó entre tu encía y el labio inferior, y después del orgasmo lloré, lloramos. En el final del cono de tus pupilas de formó la duda, el horror, y se proyectó hacia adelante y me mojó las mejillas. Perdón, susurré. Pero no.
A veces las imágenes son los hilos que mueven los párpados y abren los conductos lacrimales. Y tu pecho, tu pecho alto, se agitó y retumbó movido por los latidos. El diafragma, la fe que se te rompió como un cristal. La pared.
Mejor vestite, corazón. No demores más. Prendé la luz para ver mejor y cerrá el cofre antes de irte.
10.3.12
Sangre.
Pero no. ¡Pará! Sangre, pero sangre bien. Sangre brillante, cargada de oxígeno. Sangre recién salida de los alvéolos, de que la oxigenen. Sangre depurada, vacía de dióxido de carbono, nuevita, fresca, con olor a campo abierto. Sangre joven. Sangre sedienta y llena de agua. Esa sangre.
¿Viste? Si te tomás el tiempo de inhalar todo el aire que puedas, te llega el día en que te pasa eso. Entonces, si te cortás un dedo duele pero motiva. ¿A qué? A respirar MÁS.
Pero no. ¡Pará! Sangre, pero sangre bien. Sangre brillante, cargada de oxígeno. Sangre recién salida de los alvéolos, de que la oxigenen. Sangre depurada, vacía de dióxido de carbono, nuevita, fresca, con olor a campo abierto. Sangre joven. Sangre sedienta y llena de agua. Esa sangre.
¿Viste? Si te tomás el tiempo de inhalar todo el aire que puedas, te llega el día en que te pasa eso. Entonces, si te cortás un dedo duele pero motiva. ¿A qué? A respirar MÁS.
3.3.12
Que cuando se dio cuenta, ya se había ido. Que le tocó la cara, que se acarició los pechos, que mojó de saliva tibia los dedos, pero ya se había ido. Que buscó por horas el segundo ese (de mierda) mágico, y que cuando llegó se distrajo pensando en la saliva y no se dio cuenta. Que dejó la carta sobre la mesa del comedor y el condón anudado en la lata de basura de la cocina (¿Y por qué no tenés una más cerca o cogemos en la cocina?). Que la cumbiancha esa horrible que compartiste con ella la hizo llorar. Que cuando se huele entre los dedos medios y anular a las 8 de la mañana se acuerda de vos. Que nunca, nunca, va a volver a llevar la basura al contenedor verde de la esquina justo a esa hora.
Que estaba cansada, harta, de que el peso del recuerdo de su mano a medio camino por la espalda le despedazara el hilo conductor de sus pensamientos. Que sabe que no contás, que no decís nada, del minucioso ritmo en que fracasan tus sueños. Que te agradece, con el alma en llamas y el cerebro congelado, la ternura inequívoca con que fuiste deshilvanando sus párpados, como una persiana que se abre a la mañana recién llegada, hasta que la claridad del día le derritió la retinas.
Eso dijo.
Que estaba cansada, harta, de que el peso del recuerdo de su mano a medio camino por la espalda le despedazara el hilo conductor de sus pensamientos. Que sabe que no contás, que no decís nada, del minucioso ritmo en que fracasan tus sueños. Que te agradece, con el alma en llamas y el cerebro congelado, la ternura inequívoca con que fuiste deshilvanando sus párpados, como una persiana que se abre a la mañana recién llegada, hasta que la claridad del día le derritió la retinas.
Eso dijo.
4.2.12
Soy loba herida. Aulló adentro mío y la sentí, candente, inflamada, encendida. Resquebrajó el cemento de todas las paredes y todos los pisos en los que yo estaba. Me zampó una garra en los ovarios, sangró, selló el pacto.
Me dijo con la voz profunda e inmensamente viva: Esto no. Loba herida sos, y esto no. Mujer sos. Estás rota y sangrás, por eso esto no. Me acordé de todo: Del perfume, de las manos, de mis genitales, de mi tiempo de plumas y agua fresca. Me acordé de mi útero en llamas, de mi profunda conexión con algunas flores. Me acordé del agua en mis células y del agua fuera de ellas. Me acordé de mi papel en todos los juegos.
Rastrearon la sangre, ya sé. Herida volví a la cueva, me reconocí, lamí la sangre, supe ser perra y supe ser fiera. Supe de mí. Allí, en la oscuridad del alma, entendí que en el ejercicio de la vulnerabilidad nace el ejercicio de la fortaleza. Mis pupilas se agrandaron, la oscuridad cedió, la sangre comenzó a secar lentamente.
Loba. Mujer. Ovario. Útero. Inflamación. Supe de mí, de mi sangre. Supe de mi herida, de mi profunda herida en el cuerpo. Me lamo hasta que cicatrice. Me reconozco. Me lleno la piel de nuevo pelaje sano y fuerte. Me abrazo, cotizo mi sangre a un precio mucho más alto, y salgo. Salgo.
Me dijo con la voz profunda e inmensamente viva: Esto no. Loba herida sos, y esto no. Mujer sos. Estás rota y sangrás, por eso esto no. Me acordé de todo: Del perfume, de las manos, de mis genitales, de mi tiempo de plumas y agua fresca. Me acordé de mi útero en llamas, de mi profunda conexión con algunas flores. Me acordé del agua en mis células y del agua fuera de ellas. Me acordé de mi papel en todos los juegos.
Rastrearon la sangre, ya sé. Herida volví a la cueva, me reconocí, lamí la sangre, supe ser perra y supe ser fiera. Supe de mí. Allí, en la oscuridad del alma, entendí que en el ejercicio de la vulnerabilidad nace el ejercicio de la fortaleza. Mis pupilas se agrandaron, la oscuridad cedió, la sangre comenzó a secar lentamente.
Loba. Mujer. Ovario. Útero. Inflamación. Supe de mí, de mi sangre. Supe de mi herida, de mi profunda herida en el cuerpo. Me lamo hasta que cicatrice. Me reconozco. Me lleno la piel de nuevo pelaje sano y fuerte. Me abrazo, cotizo mi sangre a un precio mucho más alto, y salgo. Salgo.
6.1.12
Muy significativo fue que se diera cuenta, justo cuando caía la última gota de sudor, de mi pequeño trozo de cristal en el intestino (el corazón o la garganta). Sos mi Dios, le dije. O la ley. La medida de las cosas, aclaré. Sabía muy bien cuánto odio las tacitas esas rojas, de plástico, desteñidas por el sol, y cómo siempre agrego una cucharada más para saber que no cumplí con la receta. ¿La medida de las cosas?
Agazapado en un rincón, el tigre ruge y la saliva se le calienta dentro de la boca. Su lengua dolorosa me lame fuerte el maxilar inferior. Descascara sentido. Llueven escamas de mi piel en el regazo, oculto la cara en la sábana y le pido que cierre la puerta antes de salir. ¿Quién rompió qué e hizo tanto ruido? La puerta es infernal y los niños no están durmiendo hoy. Añoro, maldigo, retuerzo, recuerdo, preparo las tripas para la siguiente montaña rusa.
Tibio es el río de baba que nadan mis manos. Mi labio roto, como siempre, a la mitad. La sangre brilla, mancha la boca, anuncia. Significativo fue que aún no me diera cuenta. Que me cantaran una canción y yo oyera un alarido de terror. En el balcón, en lo más alto de mi torre norte, miré hacia abajo y no vi a nadie. Pero estaban todos, hasta el tigre, esperando verme bajar. ¿Bajar? ¿Para qué? Mi mandíbula duele, mi labio sangra, mis manos huelen a barniz humano.
Pero conocemos la fuerza, dragón. Entendemos qué viene y cómo llegamos acá. Aún así, con los líquidos bañando el cuerpo, estamos creciendo imponentes. ¿Quién nos reconocerá? No te preocupes. Sentí la furia del viento esta noche, dejate enternecer la carne, entregate a las lenguas y no conserves ni una sola escama. Soy, dragón. Y soy dragón. Exhalo fuego esta noche, todas las noches, y si mi labio sangra y mis manos lloran, me acurruco en un rincón del tiempo a que me consuele el viento, ese mismo que me verá volar mañana temprano. Temprano.
10.12.11
El mundo gira en torno a un axis que yo que sé. Apruebo materias una atrás de otra, y los aplausos chorrean las paredes de ladrillo naranja. Brillante, brillante.
Le subo el volumen a la TV que no miro. Ese prisma que gira, ese juego genial con las cámaras y parece (¡mirá! parece de verdad) que la gente está caminando por las paredes. El eco, mi amor. El eco del sapo saltando en tu entrepierna.
Ayer estaba, ¿eh? ¡Ah, si abré estado! Me preparé durante siglos para estar. Terminé de colgar la ropa, sequé todos los manteles bordados por mi bisabuela y me aseguré de que el perro tenga agua limpia para tomar. Usé un perfume que me gusta para que huelan otros. Y ahí me equivoqué.
No sé, la cámara dejó de jugar, el prisma dio una vuelta distinta que no estaba en mis planes, el mundo giró en torno a este axis que yo que sé, y de pronto ya no fue válido caminar en las paredes (estoy hablando de las paredes de tu paladar, es obvio y no mires para el costado). Mi amor.
Todo te queda bien, no me preguntes más. La bermuda te queda bien. El pelo así te queda bien. La mancha te queda bien (en vos no es una mancha, no, no te pongas así, es más bien un toque de identidad).
¿Y yo? Bueno, sí, yo te quedo bien. Lo que pasa es que salto del techo al piso y no entendés. Ese es el problema. El axis del mundo y el axis mío, de mi alma hecha un ocho, que no sabemos bien qué hacer con él. Y cuando entro en el marco del cuadro de tu casa, me mirás (justo después de dejar las llaves en el cosito de ese de cerámica) durante quince segundos de silencio (el silencio ese, único, que se da solamente cuando alguien llega a su casa y está solo). Es como cuando pensás qué tenés ganas de comer. Casi que sentís mi gusto. Y el rayo de luz te parte al medio, te chamusca el cerebro, y te deja ahí, parado y medio inerte.
Abro los ojos en el cuadro. Te miro, no te lo esperás. Te explico todo esto. Pero más que explicarte, te muestro: mis venas hinchadas de sangre, mi corazón hundido en el pecho, en el mediastino éste que detesto, dándome la más deliciosa vida dolorosa de todas. Las entrañas te estoy mostrando. La razón por la que el mundo gira así y yo no lo entiendo, es que no tengo piel para sentirlo. Y vos te horrorizás (pobrecito, no llores, ya pasa), nunca supiste bien qué hacer. Ayer tenía piel. Hoy no. Hoy sudo linfa en la alfombra, la inundo y te moja los pies.
9.12.11
En el espacio de aire que queda entre las piernas. En cada uno de mis rulos, que caen a medida que avanza la noche. Hace seis horas estaban perfectos.
No. Hay mucho más que tu boca se mastica y traga. No.
Socorro al irse a dormir. ¿Cómo se va a dormir? Un tipo en la habitación, desnudo, masticándose las extremidades. Y vos me preguntás hasta dónde. Y yo te contesto: Miralo bien. ¿Lo ves? Cuando llegue al codo terminamos.
El codo está cerca. La noche cae lenta y mi pelo está casi liso. Casi muerto. Mi mensaje es uno solo y dice: No quiero más curtir estantería.
7.12.11
3.12.11
Vos tampoco. Y eso que te tuve fe. Abundante fe. Ahora sí, dije. Pero, claro que no. Vos mismo lo admitiste, la noche número tres. Y yo lloré, obvio (qué querés, de acero sólo las caravanas).
Admitir admitiré que no me molesta que no seas la excepción. No es tu culpa, no es mía ni la de aquel otro que sos porque vos, en el fondo (y en la más desesperante superficie, maldito ser recubierto de vidrio) sos como yo. Lo que no esperaba es que recurrieras a mecanismos tan básicos. No. No me esperaba una flecha en esa hojita. Esperaba un hermoso, horrible, arabesco. Un garabato bien complejo y cargado de sentido. Una burbuja de tinta que explote y me manche el ojo izquierdo. Pero... ¿la línea?
Hermosa flor, tu perfume huele bien casi todo el tiempo. Casi todo. A veces (cuando me distraigo o cuando presto suficiente atención, aún no lo sé) es tan ordinario que se pierde entre el pasto, el perro que molesta con la pelota pinchada y el polvo que levantan los autos en la calle. Y no es tu culpa, ni la mía, ni la de tus demonios. Es que, por más que te esfuerces, yo sigo estando adentro de una vidriera. Y vos estiraste tus brazos con mucho esmero, cuánto lo valoro, y con tu aliento tibio fuiste haciendo ceder el vidrio. Pareció que llegabas. El vidrio se deformó, dio paso a tus brazos que se me acercaron con la gloriosa certeza de que me iban a soplar el polvo juntado durante tantos años. Adorno para la torta.
No te dio el aire, claro. Los pulmones se desinflaron. Caíste. Me quedé mirándote desde adentro, y el abrazo anunciado se detuvo entre el vidrio y el mundo de aire entre ambos.
No puedo quejarme porque me habías avisado. Te entregaste a la derrota en la noche número tres. ¿Te dije que lloré? Lloré.
25.11.11
19.11.11
El reborde del alma, filoso. La yaga en el dedo, el dedo en la yaga. La poética manera, manera de mierda, de acariciarme y que me sangren hasta los lacrimales.
Nunca, le dije y te repito. Nunca vamos a poder dejarnos llevar por la corriente. Siempre estaremos ahí, las piedritas del tiempo, las cabecitas sin frenos que no paran de sacar conclusiones.
No, no. No es así. A mí vivime de otra forma, y te lo estoy diciendo con esa seriedad que te hace creer que me enojé: Vivime con las tripas. Hacete ese favor, camaleón. No me tengas entre los hemisferios cerebrales porque en la cisura me voy a hacer mierda y nos va a doler a ambos. Tragame. Permití que me deslice por tu esófago, deglutime lento. Sentí cómo te lleno el estómago, y destrozame con el ácido. Sentime en las vísceras, dejá que te vibre la panza, cerrá los ojos y no pienses.
No pienses más. Cerrá la persiana. La saliva te llena la boca y la estás desaprovechando.
Masticá.
1.10.11
Soy el objeto de los oráculos. La hija eterna del universo, de las gentes. Plantita en las manos de tías viejas que juegan a improvisar ideas para regarme mejor. Y el viento y el tiempo y mi forma tan particular de estar siempre despeinada.
Muñeca de torta no. Por favor. Sacuidí tanto las piernas que me desprendí, me caí, trastabillé en el blanco baño horrible. Me ensucié los codos en dulzura, el vestido se arruinó y las flores tiñeron de rosado el mantel. No soy eso. Una fórmula, un decir, una predicción. Si me decís "recto" yo te juro, te juro, que camino en círculos toda la vida. Y no porque quiera: Me late la sangre y yo me prendo fuego. Mientras vos paseabas contenta, yo estaba llorando las hojas de un otoño.
Mirame bien. Aprendé. No de mí. Aprendeme a mí. Entendé de una vez por todas que no tengo rutas, caminos ni destinos. Existo. Siento. Persigo el ideal único de mantener todas mis moléculas juntas, de no disgregarme en una explosión de pañuelos de papel de diez pesos y lágrimas. La turbulencia me agita violentamente, la estática me remueve de a pedazos. Aprieto los dientes, me agarro a la silla, grito en silencio.
Soy la hija eterna. Mis madres sudan trapos sucios en todos los rincones donde estoy. Les preocupa de mí todo aquello que no entienden. Y entienden bien poco. Se esfuerzan, todas las mañanas, por predecir mis días y generar un mínimo de tranquilidad. Convencerse de que voy a tomarme el ómnibus allí, y que luego leeré muchas horas, y que luego volveré a casa, cansada pero sonriente. Mis madres imploran que sobreviva a la vida repitiendo una y otra vez la misma ecuación.
Pero desvivo el tiempo pintando lienzos de colores sin sentido aparente. Me lleno las manos de barro, me entierro hasta el cuello y abandono el miedo a ahogarme. Prendo velas e invoco a todos los fantasmas del tiempo. Duermo con ellos, los beso, les regalos dibujos que no comprenden. Bailamos juntos danzas alrededor de un fuego, y caemos rendidos a media madrugada, sudados y llenos de cansancio. A la mañana despierto, ya no están, tengo rasguños y un mundo de preguntas en los párpados.
Mis madres lloran al verme volver, descalza y sucia. Lloran y se consuelan entre ellas. Tienen mucho miedo. Mis madres tienen miedo de que esté teniendo el terrible atrevimiento de sentir con la piel. Se levantan de sus sillas, al amanecer, y limpian calladas el rastro de sangre que dejo de la puerta de la cocina a la cama.
17.9.11
El perro en la jaula.
Ya sabe que lo tienen que domesticar. Ya lo sabe. Suda carnicerías en el rincón del receptáculo. No hay otra forma de existir en este cubo de portland y alquitrán. Domesticado.
Los pelos del lomo se erizan en furia contenida, como una electricidad. Los ojos encendidos, la mandíbula apretada. El collar que se acerca en las manos del amo, y la saliva que se abre paso en el torrente hirviendo de la boca. La lengua sorbe, lame la sangre interna.
Me duele en el cuello el collar. No puedo correr, no tengo que correr. La jaula es inmaterial pero me retiene, me dice quedate, dejate. El amo se acerca, lo veo venir con las botas sobre la tierra. El pelo erizado, la boca húmeda, los dientes sedientos. Una roca en el corazón, que tiembla de miedo y llora de angustia por la libertad que estamos por perder. Domesticame, le digo. Hacelo rápido. Cuanto antes. Sos mi más profundo pesar, y sos lo mejor de mi vida. Cuando llegues, cuando me pongas el collar, vas a hacer por mí lo más terrible, lo más hermoso.
La piel se me arruga en cientos de micras de profundos gritos ahogados. Secretan polvos que se muerden entre sí y me caen en el estómago, ácidos. Los dientes se encuentran unos con otros, se cascan, se besan, se destierran. Las patas se doblan en ángulos perversos, los ojos se apagan y la jaula se queda en silencio.
Él se va, tranquilo. El collar en mi cuello. Me dijo que venía a domesticarme, no a quedarse a llorar conmigo.
16.9.11
Vos tocás la fibra interna de mi más delicada fantasía. Terciopelo en el encanto de tu roce, en la asmetría, en la decisión de si un escalón o dos cada vez.
Te florecí los dedos en lágrimas y, sin embargo, no corriste. Estuviste. Permaneciste. Intacto no, porque ahora hay flores, pero estable sí, porque la tierra de tus pies es mi maceta preferida. Y crezco, me agrando, estiro el cuello, la cabeza, las ramas que como dedos te enredo entre los brazos, te surco el mediastino y te sacudo (porque soy viento) a las 3:38 a.m.
- Te quiero porque te desnudás para mí con la ropa puesta.
Sonrió, en el rincón de la habitación en el que estaba, vestido. Y de la garganta le brotaron pájaros, de las sienes ramas robustas que se enredadon en el techo, de los pies plumas de águila, del aliento chispas que quemaron las sábanas, de las palmas de las manos chorros de luz dorada, y del pecho un ave gigante que salió, voló y se fugó por la ventana.
11.9.11
- Horrible.
Desnudo, se miraba al espejo de cuerpo entero que había a la derecha de la cama. Yo, acostada, deslizaba las piernas entre las sábanas, intentando acaparar toda la frescura que caracteriza los primeros instantes.
- Me hincho horrible, siempre. Me duelen los ovarios.
- Los ovarios no duelen, te lo dije varias veces. Duele el útero, que se contrae para desprender su endometrio.
- Es dolor igual. Vos porque no sabés...
Le pedí que dejara de quejarse y se acercara. Que no se vistiera ni por un segundo. Accedió, porque mi cara de mujer en la cama le hizo bajar un vaho cálido desde las mamas hasta el endometrio, que se olvidó de sus estertores de una vez al mes.
Se acercó, primero cauto, luego voraz. Se incluyó en el delicado sistema que constituíamos la cama y yo. Ahora él, masculino.
Rocé sus brazos con mis brazos, la piel algo más fría, el pequeño velo del reflejo en el espejo. Olvidamos la queja. Se fundió conmigo en un beso cálido, lleno de saliva. Su mano deslizó en el vello de mi pecho y me encendió el tórax.
Se acercó, primero cauto, luego voraz. Se incluyó en el delicado sistema que constituíamos la cama y yo. Ahora él, masculino.
Rocé sus brazos con mis brazos, la piel algo más fría, el pequeño velo del reflejo en el espejo. Olvidamos la queja. Se fundió conmigo en un beso cálido, lleno de saliva. Su mano deslizó en el vello de mi pecho y me encendió el tórax.
Desde el pubis sentí el calor y arremetí así, desde los cromosomas y más allá, con una erección caliente que le penetró tanto más que el alma.
10.9.11
Asomo la cabeza al borde suave de su fuente dorada. Mira. Dice hola. Sonríe, tan importante, blanco. El agua brota, no sé de dónde, y cae a las profundidades de la mismísima nada. Leyó a Hawking, por eso entiende el tema de los agujeros negros. Yo, ni ahí. No puedo perder el tiempo. ¿Cómo podría perderse el tiempo? Había estado observando esas cadenas que la gente se cuelga al cuello, que al final tienen un reloj.
Toca el agua con las puntas de los dedos y se moja los labios. Me pide beber de mi saliva, y se acerca. Se acerca.
Dorado es el vapor que sale de su boca, y trae como mensaje la frase "nada existe que no deba".
El agua corre debajo del beso.
Arriba, el tiempo desaparece. Pero no me doy cuenta. Mi mano aferra firme un reloj y una lágrima violeta que desprendieron sus ojos.
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