Sangre.
Pero no. ¡Pará! Sangre, pero sangre bien. Sangre brillante, cargada de oxígeno. Sangre recién salida de los alvéolos, de que la oxigenen. Sangre depurada, vacía de dióxido de carbono, nuevita, fresca, con olor a campo abierto. Sangre joven. Sangre sedienta y llena de agua. Esa sangre.
¿Viste? Si te tomás el tiempo de inhalar todo el aire que puedas, te llega el día en que te pasa eso. Entonces, si te cortás un dedo duele pero motiva. ¿A qué? A respirar MÁS.
Demonios y maravillas.
10.3.12
3.3.12
Que cuando se dio cuenta, ya se había ido. Que le tocó la cara, que se acarició los pechos, que mojó de saliva tibia los dedos, pero ya se había ido. Que buscó por horas el segundo ese (de mierda) mágico, y que cuando llegó se distrajo pensando en la saliva y no se dio cuenta. Que dejó la carta sobre la mesa del comedor y el condón anudado en la lata de basura de la cocina (¿Y por qué no tenés una más cerca o cogemos en la cocina?). Que la cumbiancha esa horrible que compartiste con ella la hizo llorar. Que cuando se huele entre los dedos medios y anular a las 8 de la mañana se acuerda de vos. Que nunca, nunca, va a volver a llevar la basura al contenedor verde de la esquina justo a esa hora.
Que estaba cansada, harta, de que el peso del recuerdo de su mano a medio camino por la espalda le despedazara el hilo conductor de sus pensamientos. Que sabe que no contás, que no decís nada, del minucioso ritmo en que fracasan tus sueños. Que te agradece, con el alma en llamas y el cerebro congelado, la ternura inequívoca con que fuiste deshilvanando sus párpados, como una persiana que se abre a la mañana recién llegada, hasta que la claridad del día le derritió la retinas.
Eso dijo.
Que estaba cansada, harta, de que el peso del recuerdo de su mano a medio camino por la espalda le despedazara el hilo conductor de sus pensamientos. Que sabe que no contás, que no decís nada, del minucioso ritmo en que fracasan tus sueños. Que te agradece, con el alma en llamas y el cerebro congelado, la ternura inequívoca con que fuiste deshilvanando sus párpados, como una persiana que se abre a la mañana recién llegada, hasta que la claridad del día le derritió la retinas.
Eso dijo.
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4.2.12
Soy loba herida. Aulló adentro mío y la sentí, candente, inflamada, encendida. Resquebrajó el cemento de todas las paredes y todos los pisos en los que yo estaba. Me zampó una garra en los ovarios, sangró, selló el pacto.
Me dijo con la voz profunda e inmensamente viva: Esto no. Loba herida sos, y esto no. Mujer sos. Estás rota y sangrás, por eso esto no. Me acordé de todo: Del perfume, de las manos, de mis genitales, de mi tiempo de plumas y agua fresca. Me acordé de mi útero en llamas, de mi profunda conexión con algunas flores. Me acordé del agua en mis células y del agua fuera de ellas. Me acordé de mi papel en todos los juegos.
Rastrearon la sangre, ya sé. Herida volví a la cueva, me reconocí, lamí la sangre, supe ser perra y supe ser fiera. Supe de mí. Allí, en la oscuridad del alma, entendí que en el ejercicio de la vulnerabilidad nace el ejercicio de la fortaleza. Mis pupilas se agrandaron, la oscuridad cedió, la sangre comenzó a secar lentamente.
Loba. Mujer. Ovario. Útero. Inflamación. Supe de mí, de mi sangre. Supe de mi herida, de mi profunda herida en el cuerpo. Me lamo hasta que cicatrice. Me reconozco. Me lleno la piel de nuevo pelaje sano y fuerte. Me abrazo, cotizo mi sangre a un precio mucho más alto, y salgo. Salgo.
Me dijo con la voz profunda e inmensamente viva: Esto no. Loba herida sos, y esto no. Mujer sos. Estás rota y sangrás, por eso esto no. Me acordé de todo: Del perfume, de las manos, de mis genitales, de mi tiempo de plumas y agua fresca. Me acordé de mi útero en llamas, de mi profunda conexión con algunas flores. Me acordé del agua en mis células y del agua fuera de ellas. Me acordé de mi papel en todos los juegos.
Rastrearon la sangre, ya sé. Herida volví a la cueva, me reconocí, lamí la sangre, supe ser perra y supe ser fiera. Supe de mí. Allí, en la oscuridad del alma, entendí que en el ejercicio de la vulnerabilidad nace el ejercicio de la fortaleza. Mis pupilas se agrandaron, la oscuridad cedió, la sangre comenzó a secar lentamente.
Loba. Mujer. Ovario. Útero. Inflamación. Supe de mí, de mi sangre. Supe de mi herida, de mi profunda herida en el cuerpo. Me lamo hasta que cicatrice. Me reconozco. Me lleno la piel de nuevo pelaje sano y fuerte. Me abrazo, cotizo mi sangre a un precio mucho más alto, y salgo. Salgo.
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6.1.12
Muy significativo fue que se diera cuenta, justo cuando caía la última gota de sudor, de mi pequeño trozo de cristal en el intestino (el corazón o la garganta). Sos mi Dios, le dije. O la ley. La medida de las cosas, aclaré. Sabía muy bien cuánto odio las tacitas esas rojas, de plástico, desteñidas por el sol, y cómo siempre agrego una cucharada más para saber que no cumplí con la receta. ¿La medida de las cosas?
Agazapado en un rincón, el tigre ruge y la saliva se le calienta dentro de la boca. Su lengua dolorosa me lame fuerte el maxilar inferior. Descascara sentido. Llueven escamas de mi piel en el regazo, oculto la cara en la sábana y le pido que cierre la puerta antes de salir. ¿Quién rompió qué e hizo tanto ruido? La puerta es infernal y los niños no están durmiendo hoy. Añoro, maldigo, retuerzo, recuerdo, preparo las tripas para la siguiente montaña rusa.
Tibio es el río de baba que nadan mis manos. Mi labio roto, como siempre, a la mitad. La sangre brilla, mancha la boca, anuncia. Significativo fue que aún no me diera cuenta. Que me cantaran una canción y yo oyera un alarido de terror. En el balcón, en lo más alto de mi torre norte, miré hacia abajo y no vi a nadie. Pero estaban todos, hasta el tigre, esperando verme bajar. ¿Bajar? ¿Para qué? Mi mandíbula duele, mi labio sangra, mis manos huelen a barniz humano.
Pero conocemos la fuerza, dragón. Entendemos qué viene y cómo llegamos acá. Aún así, con los líquidos bañando el cuerpo, estamos creciendo imponentes. ¿Quién nos reconocerá? No te preocupes. Sentí la furia del viento esta noche, dejate enternecer la carne, entregate a las lenguas y no conserves ni una sola escama. Soy, dragón. Y soy dragón. Exhalo fuego esta noche, todas las noches, y si mi labio sangra y mis manos lloran, me acurruco en un rincón del tiempo a que me consuele el viento, ese mismo que me verá volar mañana temprano. Temprano.
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10.12.11
El mundo gira en torno a un axis que yo que sé. Apruebo materias una atrás de otra, y los aplausos chorrean las paredes de ladrillo naranja. Brillante, brillante.
Le subo el volumen a la TV que no miro. Ese prisma que gira, ese juego genial con las cámaras y parece (¡mirá! parece de verdad) que la gente está caminando por las paredes. El eco, mi amor. El eco del sapo saltando en tu entrepierna.
Ayer estaba, ¿eh? ¡Ah, si abré estado! Me preparé durante siglos para estar. Terminé de colgar la ropa, sequé todos los manteles bordados por mi bisabuela y me aseguré de que el perro tenga agua limpia para tomar. Usé un perfume que me gusta para que huelan otros. Y ahí me equivoqué.
No sé, la cámara dejó de jugar, el prisma dio una vuelta distinta que no estaba en mis planes, el mundo giró en torno a este axis que yo que sé, y de pronto ya no fue válido caminar en las paredes (estoy hablando de las paredes de tu paladar, es obvio y no mires para el costado). Mi amor.
Todo te queda bien, no me preguntes más. La bermuda te queda bien. El pelo así te queda bien. La mancha te queda bien (en vos no es una mancha, no, no te pongas así, es más bien un toque de identidad).
¿Y yo? Bueno, sí, yo te quedo bien. Lo que pasa es que salto del techo al piso y no entendés. Ese es el problema. El axis del mundo y el axis mío, de mi alma hecha un ocho, que no sabemos bien qué hacer con él. Y cuando entro en el marco del cuadro de tu casa, me mirás (justo después de dejar las llaves en el cosito de ese de cerámica) durante quince segundos de silencio (el silencio ese, único, que se da solamente cuando alguien llega a su casa y está solo). Es como cuando pensás qué tenés ganas de comer. Casi que sentís mi gusto. Y el rayo de luz te parte al medio, te chamusca el cerebro, y te deja ahí, parado y medio inerte.
Abro los ojos en el cuadro. Te miro, no te lo esperás. Te explico todo esto. Pero más que explicarte, te muestro: mis venas hinchadas de sangre, mi corazón hundido en el pecho, en el mediastino éste que detesto, dándome la más deliciosa vida dolorosa de todas. Las entrañas te estoy mostrando. La razón por la que el mundo gira así y yo no lo entiendo, es que no tengo piel para sentirlo. Y vos te horrorizás (pobrecito, no llores, ya pasa), nunca supiste bien qué hacer. Ayer tenía piel. Hoy no. Hoy sudo linfa en la alfombra, la inundo y te moja los pies.
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