18.10.09

Y de repente me pasa que llego al final de un sendero. Es como en un sueño. Llego y no hay más sendero. Y me pregunto porqué tan corto. Qué pasó con lo que quedaba. Hacia dónde camino ahora. Entonces me doy de bruces, de manos, de frente y de costado, contra la enorme maleza. Quiero abrir un boquete, ver si del otro lado aún hay camino y esperanza. Pero sin machete es imposible. Me corto los brazos con las espinas, me tiño las mejillas con la clorofila, me despeino el pelo con todas las decenas de ramas entrelazadas. Y caigo otra vez, me siento en el piso y pienso cómo era que se hacía.
Es que no había pensado en esta parte. No me acordé que no es únicamente encender el fuego y disfrutar su tibieza de por vida. Me olvidé que tengo que avivarlo cada tanto, tirarle algún palito, para que no se apague con el primer vientito. Y... claro, estaba yendo a buscar la leña cuando me choqué con esta gigantezca pared de ramas y zarzas llenas de espinas.

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